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La salud en Cuba no discrimina: es mala para todos.

Para nadie es un secreto el deplorable estado de muchos hospitales cubanos y lo pésimo de sus servicios. Pero existe la falsa concepción en el imaginario popular de que si tienes dinero la vida fluye, incluso en lo referente a tratamiento hospitalario.

Quiero compartir con ustedes la historia que me derrumbó ese mito. Es la experiencia de una amiga que sufrió un accidente de tráfico y por consecuencia estuvo tres días en el hospital Abel Santamaría en la ciudad de Pinar del Río.

Resulta que mi amiga es alemana y … aunque estaba convencido de que el servicio era costoso… pensé que tendría la mejor atención, por aquella creencia generalizada de que los extranjeros tienen prioridad.

A su llegada, la consulta de emergencias estaba atestada de pacientes y tuvo que ser atendida en un salón sin privacidad (ni camas). No sé si por protocolo o por falta de gestión, ella quedó varada en la misma camilla en la que llegó, justo al lado de un cesto de basura abierto y rebosante.

La primera revisión fue lo más parecido a aquella canción de unos elefantes que se balanceaban sobre la tela de una araña… solo que estos elefantes en bata blanca tocaban, iban, venían, murmuraban, esperaban, para de vez en cuando hacer alguna que otra pregunta bilingüe (mitad español y mitad lenguaje de señas).

Realizaron procedimientos de rutina: ultrasonidos, rayos x y análisis de sangre.

Entonces apareció “la compañera que los atiende”, o sea la persona encargada de contabilizar y cobrar cuanto movimiento de personal y recurso se movía alrededor de la paciente foránea. – Mi instinto de buen cubano intuye misterio y lenguaje de adultos como en la película del sábado.

Hasta el momento nadie se había dirigido a ella para explicar lo que pasaba, ni cuáles serían los procedimientos. Pero la compañera contable se las arregló para informar a la paciente que el hospital no tenía conexión con el seguro y que para evitar demoras en la atención ella debía pagar al cash por los servicios que habría de recibir. A pesar de no ser una conversación adecuada para un momento como éste, la paciente que por suerte estaba consciente y no viajaba sola, accedió en favor de su salud.

El primer diagnóstico era alentador, solo una fractura en la clavícula, inmovilización, ocho horas en observación y podía regresar a casa. Las habitaciones destinadas a pacientes extranjeros estaban llenas, y después de 3 horas la ubicaron en otra habitación con menos condiciones que debía pagar en el mismo precio, 10 CUC la hora.

Cada consulta 30 CUC, 25 CUC por rayos x y el ultrasonido en palabras de la compañerita de economía era un poquito más caro, 300 CUC, más 50 CUC por una venda de gasa para inmovilizar el hombro.

Luego de ocho horas en las que observación muy poca, por protocolo, hubo que repetir dos exámenes con sus respectivos costos adicionales. Los mismos debían ser examinados por un segundo ortopédico, lo que significaba esperar al próximo día.

El segundo ortopédico sospecha de una fractura en la columna y sugiere una resonancia magnética – Hasta este punto mi amiga llevaba 18 h adolorida, sin asearse, y no entendía cómo, después de cobrarle tantos exámenes de rayos x todavía no había una certeza sobre su estado de salud.

Una resonancia incompleta (350 CUC) arrojó una fractura de columna, y luego de repetirla (300 CUC) aparece otra fractura. Las horas pasan y la cuenta sube.

Había leído muchas cosas buenas sobre la salud en Cuba, y no esperaba que su situación pudiera complicarse. Pero ante la pésima apariencia del recinto y con tal diagnóstico decidió trasladarse hacia la Habana.

Luego de unos pases de burocracia y una pizca de insistencia del funcionario que atendía extranjería que alegaba no era necesario trasladarse dieron las 6:00 pm, las ambulancias interprovinciales no circulan de noche.

En la mañana del tercer día finalmente llegó la ambulancia.

En toda la estancia no apareció ni un camillero, hubo que hacer dos resonancias y cada vez ir a buscar el técnico a su casa. Aún más decepcionante que la falta de medicamentos, condiciones inapropiadas y varias alusiones al bloqueo económico fue la apatía de la mayoría de los médicos, el mal trato y sobre todo la evasión de responsabilidades.

Después de pagar 1.697 dólares en la puerta de la ambulancia, por un servicio pésimo y un diagnóstico poco confiable, solo le quedaba la esperanza de ese hospital de La Habana al que todos los extranjeros van, y que según le dijeron por teléfono era el mejor.

Nosotros los cubanos no tenemos esa esperanza, porque el que nos toca es ese, el del maltrato, el de la película de terror.

Qué difícil es conservar, después de conocer esta historia, la imagen del eterno humanitario, el desinteresado samaritano de tantas misiones médicas internacionales.  

Los montículos amarillos son de veneno para ratones; el hospital está infestado.

Las puertas de los balcones no tienen seguridad, una banda de gasa amarrada a la ventana sirve de cerrojo.

Los techos…

¿En algún momento viene alguien a limpiar esto? Pues no.

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